Laberinto: Un Mal Atractivo

Adrian Fisher (Dorset, Gran Bretaña, 1951) decidió que dedicaría su vida a construir laberintos tras una suerte de revelación divina. Aunque han pasado ya treinta y siete años, el artista aún recuerda el discurso que ofreció el controvertido Robert Runcie en su ceremonia de entronización como arzobispo de Canterbury. Aquel día, el obispo anglicano cautivó a sus feligreses con un sermón en el que aseguraba que el camino al cielo es algo así como un laberinto tortuoso, sin imaginar que sus palabras calarían tan hondo en Fisher que, acabada la ceremonia, volvió a casa y escribió una carta al ‘Times’ reflexionando sobre el atractivo mágico y místico de los laberintos a lo largo de la historia.

Fisher ha confesado que posee una capacidad innata para ver e imaginar las cosas en tres dimensiones, y que eso lo ha ayudado en su trabajo; una profesión que lo ha llevado a dar la vuelta al globo en varias ocasiones y que ha alumbrado obras como la del Al Rostamani Maze Tower, un edificio situado en pleno centro de Dubái, de 57 pisos, cuya fachada es un espectacular laberinto sembrado de luces de colores. Por esa obra, el inglés consiguió, en 2015, su séptimo récord Guinness. También el espacio es un espejo sideral, que podría ser un gran laberinto.

El más famoso de los creadores de laberintos tiene una mente privilegiada que da para mucho más que diseñar esos retorcidos recintos. Hace unos años, los responsables del tráfico de Londres le contrataron para mejorar el mapa de autobuses metropolitanos. La idea era presentar esa suerte de loco entramado de líneas que van cruzándose por toda la metrópoli de manera que cualquiera que la visite encuentre fácilmente su ruta, su lugar de partida y destino.

La gran duda se ubica en la función del laberinto en sí. Este sistema contiene parte de la Verdad o es solo un dispositivo para entretenernos mientras intentamos conocerla, o al menos, saber que existe.